No recuerdo con certeza cuándo comenzó, solo sé que ahora estoy escuchando.
A inicios de enero de este año, con mi grupo de amigas artistas, comencé un diario. No es un diario común y corriente, contiene todo mi tormento emocional y el vacío de mi mente al día a día. Al diario le llamamos las páginas matutinas por el libro de Julia Cameron “El camino del artista”. En todas mis semanas hay una frase que se repite constantemente: mucha paciencia y no rasparme más las emociones. Dichas palabras son más que conocidas para mí, guardadas como un fragmento de mi misma y quizás fueron escritas para recordarme lo que siempre supe, solo debía escuchar(me) con atención.
Abril de 2020
En plena pandemia y sin la
certeza de lo que a mi vida destinaría, yo escribía. Llevaba dos años que me
había comprometido con mi poesía y en dicha introspección no lograba entender
todo lo que plasmaba en el papel. La mayoría de las veces analizaba, bajo la lupa
de la perfección, el sentido de mis palabras y el por qué las elegía. Solía
juzgarlas por lo bien vestidas que se veían bailando, de chachetito con la prosa.
Otras veces, como pocas, me parecían suficientes, perfectas.
El diecisiete de abril escribí un
poema titulado Exequíame. Es un poema que habla sobre
demostrarme mi valía y enterrar los miedos, tenerlos vigilados para no hacerme
desistir de mis deseos más profundos.
Es curioso ver como después de
cinco años esas palabras se reflejan en mi presente, me dejan ver todo aquello
que hoy estoy transitando y que sin miedo estoy reencontrándome. Siento que la
vida va de eso, de volver a uno, de ser consciente de que siempre supimos hacia
donde vamos, solo hacía falta detenerse y recordar(se). Mi yo pequeña siempre
lo ha sabido, desde los ocho, los quince, los veinte, hasta hoy, a los veintiocho.
Siempre lo he sabido, solo hacía falta el “cómo”.
¿Cómo llego sin que duela
tanto?
Escuchando.
Exequíame
Creeré en las imposibilidades
cuando ellas me demuestren
mis errores,
que al apostarle a lo
grande
me deje orgullos personales.
que me suelen doler los pies
cuando he caminado tanto,
y todavía falta cruzar el río al
otro lado.
Será que en mis brazos hay más
calcio
que en mis temblorosas rodillas,
para sostener más las tragedias
que caerme al pavimento contra
ellas.
y no me queda más que sepultarlo,
ahí donde nadie lo vea
pero que yo sepa dónde está
enterrado.
y decirme a mí misma
que lo prefiero ahí,
en vez de verlo a él mirándome
desde arriba.
entre mis paredes,
trace las palabras del futuro
sin dejar de gozar este presente.
mucha paciencia
y no rasparme más las
emociones.